| ¿Quiénes son los que administran, generalmente, los sacramentos?
¿Quiénes bautizan, confiesan, celebran la Santa Misa, ungen a los
enfermos, presiden los matrimonios, predican la palabra de Dios? Los
obispos y los sacerdotes. Y ¿cómo hace llegar Jesús hasta ellos los
poderes necesarios para queactúen en su nombre y obren con su autoridad?
Por medio del sacramento del Orden. Además, este sacramento les da la
gracia de estado, es decir, que los habilita para que desempeñen
santamente las pesadas tareas del ministerio sacerdotal, venzan todos los
peligros y tentaciones, y sean fieles a las promesas hechas a
Dios. La materia de este sacramento es la imposición de manos: «los constituyeron presbíteros (sacerdotes) en cada iglesia por la imposición de manos» (He 14, 23). Desde los Apóstoles hasta los actuales obispos y sacerdotes una cadena ininterrumpida de Pastores, por medio de la imposición de manos, ha hecho llegar hasta nuestros días los poderes mismos de Cristo. De tal manera que si se apareciera Nuestro Señor Jesucristo resucitado y se pusiese a confesar juntamente con otros sacerdotes, tanto perdonarían los pecados estos últimos como el mismo Señor en persona, porque los sacerdotes perdonan en persona de Cristo, o sea, en su nombre y con su poder. Y si celebrase la Santa Misa el mismo Cristo rodeado de todos los obispos y cardenales, con gran pompa y ornato, con todo el esplendor del canto y de la música sagrada, y por otro lado en un campo de concentración, sólo y abandonado, ignorado de todos, un sacerdote celebrase a su vez la Santa Misa, con unas migas de pan y un poco de vino puesto en un recipiente cualquiera sin ornamentos y a escondidas para que no lo vean sus verdugos, tanto valor tendría, en lo esencial, una Misa como otra, porque ambas son perpetuación del único Sacrificio de Cristo y ambas tendrían, por lo tanto, un valor infinito. En una celebraría Cristo en persona; en la otra un sacerdote en «persona de Cristo» (2 Co 2, 10), o sea, con su poder y en su nombre, porque por la imposición de las manos había recibido el sacramento del Orden Sagrado; y esto aun en el supuesto caso de que el sacerdote estuviese en pecado mortal porque él no tendría los poderes de perdonar y de consagrar por el mérito de sus virtudes, o por su capacidad intelectual, o por su apellido; los tendría porque los recibió de Jesucristo. Si los ejerciera estando en pecado mortal cometería, sin duda, un horrible sacrilegio pero igual perdonaría e igual consagraría porque lo haría en la persona de Cristo. El agua pasa tanto por un caño de plata como por uno de plomo. El «agua viva» de la gracia de Dios pasa tanto a través de un sacerdote santo como a través de uno pecador. Excusarse de ir a la iglesia para cumplir con Dios porque tal o cual sacerdote es malo es una insensatez, ya que «cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo» (Ro 14, 12). Dios nos va a pedir cuentas del mal que nosotros hagamos y del bien que dejemos de hacer, no del mal que hagan o del bien que dejen de hacer otros, aunque sean sacerdotes. Cuando los hombres se presenten delante del «tribunal de Cristo para que reciba cada cual según lo que hubiese hecho» (2 Co 5,10), no va a valerles de nada la excusa de que «no hice bien porque otros hacían mal». Dios «dará a cada uno según sus obras» (Ro 2, 6) y no según las obras de los demás. Siempre hay que pedir a Dios por los sacerdotes, para que sean santos, cumpliendo con fidelidad su misión, y para que los jóvenes no sean sordos si Dios los llama al sacerdocio, ya que «el sembrado es mucho y los cosechadores pocos» (Lc 10, 2). No hay que dejar de orar a Dios para que los sacerdotes sean «más limpios y resplandecientes que los rayos del sol»,[1] para que no olviden que son «los ojos de la Iglesia, cuyo oficio es llorar los males todos que vienen al cuerpo» (San Juan de Ávila),[2] para que sean siempre guías seguros que nos lleven por el camino que va al Cielo, pastores que nos conduzcan a los buenos pastos de la doctrina de Cristo y estén dispuestos a dar «su vida por las ovejas» (Jn 10, 11), si fuere necesario, para apartarlas de los pastos venenosos del error y de las herejías. |